Espero que os guste

Este blog no pretende nada más que el desahogo espiritual de un servidor, con esperanza de que cualquier lector que se pare a leer acabe pensando lo que aquí se dice. Gracias por la atención.

martes, 6 de febrero de 2007

Experiencia navideña

Ahora que ha pasado ya la navidad es buen momento para reflexionar sobre un relato que escribió un amigo mio acerca de una experiencia que tuvo estas navidades. Espero que os haga pensar como lo hizo conmigo.

"Del hediondo vómito social se nutren, procrean, crecen y viven las personalidades más superficiales, esas carcasas andantes que se autodenominan personas.

Aún siento la ponzoña corrosiva de sus pseudo irritadas miradas descuartizando mi ropa barata.

Es Navidad, el tiempo de la alegría, la felicidad y todos los buenos valores cristianos que nos diferencian de esas sociedades tan subdesarrolladas. No empezaré con la típica diatriba de cómo la tradición se ha ido primero maquillando, disfrazando después y finalizando con un transexualismo completo. Ya no es tradición, ahora es obligación.

Y yo, paria de mí, qué puedo hacer. Yo sólo soy un individuo que no puede competir con el maravilloso brillo de los anuncios televisivos, sólo soy un tío gordo y feo que lo único que quiere es alcanzar la belleza de esos caballeros tan bien cincelados, tan bien parecidos, que al final se llevan a la cama a una diosa de la belleza, sólo soy un hombre pequeño incapaz de abarcar con la mirada la gigantesca vitrina de sueños terrenales que conforman los carteles de tres metros en los edificios más elegantes y exclusivos de la capital española.

Así que como soy uno más de esta comunidad, si no quiero ser tildado de extravagante, esperpéntico o, sencillamente, de estúpido debo actuar como se espera que actúe y pongo rumbo a toda máquina al centro comercial más cercano para comprar las ilusiones navideñas que me garantizan felicidad. En mi defensa diré que ya que lo hacía, lo hacía bien. Claro que sí, joder, ya que compras, compra a lo grande, pero es que yo soy así. Ya que te emborrachas, emborráchate a lo grande, ya que ríes, ríe a lo grande, ya que revientas, revienta a lo grande.

Total que aquí estoy yo en el centro del mundo occidental, en el barrio más distinguido de Madrid disponiéndome a gastar mi paupérrima paga del INEM en regalos para mis seres queridos porque tengo miedo de que piensen que soy raro si en lugar de comprar el último adelanto tecnológico, la última novelita de conspiraciones históricas judeomasónicas (pero no pasa nada porque un libro siempre es cultura, ja, ja, ja) o la última prenda de vestir con nombre propio; si en vez de eso hago un poema, escribo una carta, compongo una canción, cocino una comida yo solo, doy ese dinero al gilipollas que está gritando que hay un conspiración gubernamental contra él mientras se muere de frío incapaz de distinguir el maldito delirio de la dantesca, impotente y defenestrante realidad o hago un cenicero de arcilla y lo pinto con bonitos colores alegres.

Entonces me siento atacado, me siento devorado en el sentido animal de la palabra. Un par de ojos me radiografía de arriba abajo y me vuelvo a ver quién es el autor de esta violación tan física.

Ante mí observo una especie buitre fosilizado escapado de la colección del taxidermista más inhumano y que milagrosamente aún se aferra a la vida, quizá como una sanguijuela se aferra a la carne de su huésped. Ese buitre pelado posee una peluca de esparto tan cardada que el mismísimo Bon Jovi en los años 80 se habría muerto de la envidia. Además ese buitre en vez de plumas tiene pieles, pieles doradas que exhibe con orgullo imponente, parece visón y la estola que trata de ocultar su cuello huesudo y raquítico es de zorro blanco. No puedo hacer más que admirar al buitre que se abriga tanto en un otoño tan inusualmente cálido, supongo que su temperatura corporal es tan baja que necesita de estos arreglos, a lo mejor me he equivocado y no es un buitre sino un reptil, o quizás las dos cosas.

Da igual. Ese engendro que regurgitó una pesadilla lovecraftiana me ensarta con sus acuosos globos oculares, despieza mi vestimenta como un verdugo despieza al infeliz condenado. Siento cómo mis deportivas rojas de 20 euros no son dignas de apoyarse en el distinguido, pero gris, sucio y pringoso, pavimento de este barrio tan chic, cómo mis pantalones multibolsillos de 25 euros (arrebatados en gesta heroica a tres señoras en Carrefour) deberían servir para ahorcarme yo mismo por mi falta de estilo, cómo mi sudadera bermellón con capucha tendría que usarse para construir camas de segunda a los cerdos más puercos de la geografía española y cómo mi cazadora gastada por siete inviernos más duros que el que se avecina podría ser la fuente de virus como el del Sida o el ántrax, quizá hasta provoque cáncer con sólo mirarla.

Acabado su cometido, el buitre serpiente no se digna a mirarme a los ojos (no merezco tan alto honor), inclina su cabeza por encima de su hombro recriminándome por última vez mientras se arregla el cadáver de animal en su cuello, se da la vuelta y se aleja lentamente con un paso que pretende se solemne pero que es más bien el paso de dos piernas hundidas hasta el muslo en excrementos recientes.

Para mi sorpresa esa no es la única mirada así que recibo. Entre los cien metros que me separan del centro comercial soy objeto de, como mínimo, cuatro o cinco miradas de ese tipo protagonizadas todas ellas por animales parecidos al buitre serpiente original.

Pero lo más gracioso de todo es lo siguiente. Acabo mis compras pensando en el imbécil de la conspiración gubernamental que probablemente no sobreviva a la primera helada y me dirijo a la salida. En las puertas hay un montón de gente vestida tan elegantemente que parece el funeral de Franco, no obstante la suavidad del terciopelo y el aroma de los perfumes bautizados con nombres no consiguen disipar la aspereza de la podredumbre ni el olor que la acompaña. Un ser de inferior inteligencia vestido de guardia jurado le sostiene la puerta a esa manada anteriormente descrita que ni siquiera se molesta en mirarle, mucho menos en darle las gracias, y cuando me acerco con el agradecimiento empezado a articular, suelta la puerta y ni me mira.

Cuando una persona que probablemente gane menos dinero de lo que yo cobro de paro (bueno, o por lo menos lo mismo) se cree superior por estar rodeado de gente importante, rica y modelos a imitar, algo está fallando. Pero eso ya lo sabíamos.

Cuando una persona que debe disfrazarse de esa guisa porque su idea de cultura es tan basta que considera el titular de primera plana del Marca merecedor del premio Nobel y además se siente más persona que alguien como yo, algo no funciona. Pero eso ya lo sabíamos.

Cuando una persona que tiene que aguantar de pie derecho ocho largas horas, además disfrazado, se cree que es superior por estar rodeado de gente que lo aparenta, algo está mal. Pero eso ya lo sabíamos.

Cuando por el mero hecho de pasear sin ropa de marca, sin estilo definido en las pasarelas por un barrio madrileño considerado elegante, te crucifican peor que a Cristo (sí, peor, porque Cristo murió y yo por más duchas que me dé no consigo erradicar la sensación de corrupción sucia y podredumbre caducada con la que me maldijeron esas miradas), algo falla. Pero eso ya lo sabíamos.

Ya sabíamos todo eso. Entonces ¿qué pasa? Pasa que se debe mantener el equilibrio. Los hombres hambrientos de Somalia deben seguir muriendo lentamente y con crueldad, las mujeres de la India deben seguir muriendo de sed, los niños soldados de Sierra Leona deben seguir engrosando ejércitos que a nadie importan para que la gente de Serrano tenga abrigos caros, exceso de comida, pueda despreciar agua y comprar el equilibrio que tanto necesitan.

Pero eso ya lo sabíamos.

P. D: Ruego se me perdonen todos los errores de estilo literario. No quiero que esto sea algo para pensar, ni quiero que se reenvíe mil millones de personas. Sólo quería comentaros lo que me pasó en Serrano y mi humilde y, por supuesto, gastadísima reflexión.

Si habéis tenido la santa paciencia de leer hasta el final, me gustaría acabar con unos versos de Daniel Gildenlöw un sueco que escribe lo que piensa y es un músico fabuloso:

A pesar de los saludos de la gente que te sirve

A pesar del nombre de tu ropa y de tu perfume

A pesar de la forma en que la prensa te observa

Sólo eres gente

Sólo eres gente

Gente de éxito

Gente disfrazada

Gente sonriente

Gente famosa

Gente de terciopelo

Gente rica

Gente importante

Pero aún así, SÓLO GENTE."

Gracias C.

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